Mientras Sacha Baron Cohen se disfrazaba de toro en la plaza de Las Ventas para promocionar Bruno, Madrid se asfixiaba a más de 40 grados de temperatura. Pero como en La Villa siempre hay algo que hacer, hubo quien aprovechó la tarde para dejarse ver por los numerosos eventos que se disponían a lo largo y ancho de la ciudad. Dos mujeres ‘pugnaban’ por lograr que los invitados las acompañasen.
Por un lado estaba la baronesa Thyssen y por el otro, una de las víctimas de Cohen, Ágatha Ruiz de la Prada. La diseñadora presentaba en la Casa de América su nuevo diseño: Xico. No se trata de un aplique para lámparas -que será de las pocas cosas que le queden por diseñar- sino de un singular muñeco con forma de perro que viene del antiguo México, de la época de los aztecas. Su nombre está formado por las palabras Xi y Co, que -para quien tenga interés por saberlo- tienen como significado fuego y corazón, respectivamente.
Xico fue creado por la artista mexicana Cristina Pineda, “una amiga íntima” de Ruiz de la Prada desde hace poco más de un año, tal y como nos confesó la propia Ágatha. Según la diseñadora española, Pineda era su sosias allende los mares. A juzgar por la forma de vestir -más clásica, igual de alegre pero menos colorista que la de su colega- alguno diría que quizá no tanto.
Allí estuvieron las dos, mano a mano en la casa de América, con la compañía de Espido Freire, que últimamente se ha convertido en uno de los rostros más fotografiados en los saraos, más que nada porque es de las pocas que acuden. Pero ayer Ágatha no consiguió atraer al famoseo -quizá tampoco es que lo pretendiera-. El grueso de las celebrities de la capital estaba en otro lugar a escasos metros: en la sede de la Vicepresidencia, cerca de la Puerta del Sol.
Una vida en fotografías y muchas ante los fotógrafos
La razón de tanto ajetreo no era otra que Annie Leibovitz y su exposición A photographer’s life: 1990-2000. Ni Carmen Lomana pudo resistirse a las fotografías de la estadounidense y allí estuvo, desenvolviéndose como sólo ella sabe. Lo mismo da que los interlocutores sean estadounidenses o españoles, Lomana se los lleva de calle. Alaska y Mario Vaquerizo tampoco quisieron perderse la convocatoria de Ana Marchessi para Vanity Fair, que esta vez consiguió poner ante los fotógrafos a la mismísima baronesa Thyssen.
Que lástima que Tita Cervera viniese protegida por Guillermo Solana, su jefe de conservación del museo, que, muy amablemente, la ayudó a esquivar las preguntas -y nuestra presencia, para qué vamos a negarlo-. Eso sí, conseguimos que nos dijera que “Leibovitz es maravillosa”, que le encantan sus fotografías y que desearía que la hubiera fotografiado. Fin de la conversación y mutis por el foro.
Ella, su vestido de color salmón, su bolso de Gucci y el jefe de conservación se dedicaron a recorrer la sala sin sacarnos de la duda sobre que acogida están teniendo sus memorias noveladas en la revista ¡Hola!. Tampoco supimos cómo le sentó que Leibovitz le hiciera esperar y fuese la última en aparecer.
Pero Carmen Lomana estaba allí para animar el cotarro. Y, si ella estaba presente, tenía que haber diseñadores, véase el caso de Modesto Lomba. El creador posó muy feliz y contento con Lomana y con Beatriz de Orleáns para todas las cámaras. David Delfín también se dejó fotografiar aunque en una pose bien distinta: haciendo el pino. Toda una lección de alta costura junto a modelos de la talla de Olfo Bosé y Sandra Ibarra, que no dudaron en lucir complementos para todos los públicos: el cinturón verde de Ibarra, made in Blanco, fue de lo más comentado en algunos corrillos e incluso alabado en algunos.
Leonor Watling, poco dada a esto de los saraos, fue otra de las que se dejó caer por la exposición. La actriz, que nos contó que se encontraba en una buena etapa de su vida y que su hijo estaba “muy bien”, ha recuperado por completo la figura tras haber dado a luz hace unos meses. Como las chicas de Dover, que lucieron una silueta mucho más estilizada que hace un tiempo y que también estuvieron en la exposición vestidas de blanco.
Javier Cámara, haciendo honor a su apellido, fue acompañado de una máquina fotográfica semiprofesional, quizá para hacerse unos cuantos retratos con la fotógrafa que exponía, una de las leyendas del mundo de las instantáneas. Tal vez le hubiese venido mejor que le sacase una foto a Ágatha para que quedase constancia, porque la baronesa y Leibovitz consiguieron ayer -con permiso de Pitingo, que cerró la noche con un concierto solidario- hacer sombra a la compañera de Pedro J. Ramírez.
Con este ‘Tú a Cibeles y yo a Sol’, a alguno le trajeron por el camino de la amargura y a otros no le quedaron fuerzas -ni ganas- de moverse de una cita a otra con la que estaba cayendo. Y, de eso, nosotros podemos dar fe, aunque la cámara de Leibovitz ayer no inmortalizara ningún termómetro madrileño. ¿Dónde se meten los famosos patrios? Ayer, más de uno, seguro que en el agua fresquita de una piscina.
Fuente: Vanitatis